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HOUSTON, TENEMOS UNA MISIÓN INN-POSIBLE (Digital)
Si te gustó Houston, tenemos más de un problema, no te puedes perder la nueva entrega de esta saga romántica en la que predomina la comedia, la intriga y el erotismo, y que marcará las pautas de un romance más allá de lo convencional.

Cuando Daniela, alias la Sweet, volvió a su casa tras una noche de juerga con Vera, alias Balay, jamás pensó que ocurriría algo que desarmaría su vida cotidiana. Una persona de su pasado ha regresado a su presente para darle una mala noticia y pedirle ayuda. Por fortuna, ella no está sola, sino que cuenta con la inestimable ayuda de su mejor amiga.

Esta nueva misión la llevará a conocer al hombre con el que siempre había soñado: Charles Daugherty, un descarado escocés de las tierras altas que la hará debatirse entre el deber y el deseo.

Romance, intriga, erotismo y mucho humor te esperan en esta trepidante historia, cuyo hilo conductor te sorprenderá y desvelará muchas incógnitas sin resolver.








Lee el primer capítulo

CAPÍTULO 1

Cuando el despertador suena a las seis, pienso si estamparlo o no contra la pared, pese a que sé que no es él el responsable de mi falta de sueño. La culpable tiene un nombre: Vera. Aún no sé cómo sigo dejándome arrastrar por ella y su embaucador «una más y nos vamos». Si me descuido, acabamos con todo el alcohol del local. Es tan inagotable que a veces me pregunto si no tendrá una esponja en lugar de un simple estómago.
¡Cómo me duele la cabeza! Con todo el esfuerzo del mundo, me levanto y me arrastro de forma literal hasta la cocina. Mientras pongo la tetera al fuego intento recordar el último fin de semana que me desperté sin resaca. ¡Ya lo sé! Fue hace unos meses, concretamente el día en que Claudia se marchó a Houston para reencontrarse con su Arthur. Lo hizo tras demostrar la verdad de lo que le había sucedido a su padre, resolviendo uno de los casos más extraños acontecidos en el país en los últimos tiempos. Vera y yo la ayudamos. La policía no quiso hacerlo; estaban seguros de que había sido un suicidio. La loca de la Balay, mote por el que cariñosamente la llamamos, y yo no dudamos en tenderle una mano. Fue entonces cuando la investigación nos llevó a Escocia y a Alemania. Aunque el primer viaje lo hizo ella sola a Houston, y allí fue donde conoció al amor de su vida. Recuerdo que hubo un malentendido entre ambos y él no quería saber nada de ella. Pero Claudia estaba segura de lo que sentía por él y se marchó en su busca. Como era de esperar, y como yo siempre he defendido, el amor triunfó por encima de todo lo demás. Arthur se rindió a sus verdaderos sentimientos y acabó pidiéndole matrimonio. ¡Cuánto la echo de menos! Sin ella, ya nada es lo mismo; ya no somos las tres mosqueteras, los Ángeles de Charlie sin Charlie. Creo que por eso Vera se empeña en convertirnos en barriles andantes repletos de alcohol cada noche, para intentar sobrellevar la marcha de nuestra mejor amiga. La añoramos demasiado.
Pensar en Arthur conlleva que recuerde a Logan, el highlander que me tiré en Escocia. Bueno, highlander, lo que se dice highlander no era, pero a mí me bastaba con creerlo. Han pasado meses desde aquel loco viaje que realizamos las tres juntas y aún recuerdo lo bien que besaba, su pecho, sus fuertes brazos, su increíble rostro y su… Sólo de pensarlo, me sofoco y me arden las mejillas. Aunque mi cara no es lo único que arde: mi parte íntima acaba de hacer palmas de la emoción.

—No te me vengas arriba, que es sólo un recuerdo —le digo a mi entrepierna, impecablemente marcada por el pantalón de pijama corto que llevo puesto, sin ropa interior debajo. Siempre que la llevo así de marcada, me recuerda a la cara de un gato—. ¡No me mires así, que yo no tengo la culpa! —me defiendo—. Bueno, un poco sí. Pero a ver si te crees que es fácil encontrar un tío como él. Ya, ya lo sé… —La tetera silba, apago el fuego y lleno mi taza—. ¿Volver a ser virgen? —retomo la conversación—. ¡Qué exagerada eres! Tampoco creo que… ¿O sí? Debería consultarlo en internet. Aunque quizá también encuentre un post en el que diga que soy imbécil y que lo que debo hacer es cepillarme al primer tío que se me ponga a tiro. ¡Coño, que me he quemao! —bramo tras dar el primer sorbo.

A veces parezco un hombre, incapaz de hacer dos cosas a la vez. Corro hacia el fregadero y abro el grifo para dejar que el chorro de agua alivie el dolor de mi lengua.

—¡Vade, vade, buzcadé una zodución! —grito para poner fin a la discusión que aún tengo pendiente con mi entrepierna. Debo hacerlo o acabaré ardiendo en combustión espontánea. Y no es una metáfora.

El trabajo me pilla a escasos kilómetros de casa, pero como mi accidente doméstico me ha atrasado un poco, me apresuro para llegar a tiempo. Acelero y esquivo los coches con los que me cruzo de camino. Me encanta conducir, y aún más la velocidad. Siempre me he imaginado en una carrera, compitiendo con los mejores pilotos del mundo. La adrenalina, el riesgo, el pódium… Me concentro en mi figuración cuando, a falta de un par de manzanas de los estudios, un idiota se salta un «Stop». Clavo el pie en el freno rezando para que el coche que va detrás no acabe estampándose contra mi maletero. Mi inexistente plegaria funciona. He tenido suerte de que a estas horas no haya excesivo tráfico; de ser en la hora punta, el coche habría acabado hecho un acordeón. Con el pulso acelerado del susto, descargo mi ira con todo tipo de insultos hacia el conductor, al tiempo que empotro la mano contra el claxon. Las chicas me apodan la Sweet por lo dulce que afirman que soy, excepto cuando conduzco. Cuando me pongo al volante saco lo peor de mí, y más cuando tengo una alta probabilidad de acabar atrapada entre un amasijo de hierros, como ha ocurrido en este caso. El hombre, lejos de amilanarse o de disculparse, me responde haciendo aspavientos, mirándome a través del espejo retrovisor.

—Conque ésas tenemos… ¡Te vas a enterar!

Con toda la rabia que siento, pongo el intermitente, acelero y me coloco a su altura. Él continúa con su retahíla, creyéndome la culpable y cargado de razones. De forma agresiva, me grita palabras que ni oigo ni quiero oír. Por la cabeza se me pasa dar un volantazo y echarlo de la carretera, tal y como hacen en las películas. Pero pronto cambio de idea cuando pienso que el seguro no me cubriría ni un solo céntimo. En su lugar, opto por algo mucho menos agresivo, aunque igual de eficaz. Miro a través de los espejos, no llevo a nadie detrás. Estoy a su altura, he logrado alcanzar su misma velocidad. La dirección del volante está controlada. Puedo hacerlo. Con la única intención de joderlo, lo miro de forma lasciva al tiempo que me meto el dedo en la boca y comienzo a lamerlo imitando una felación. Estoy tan metida en el papel que hasta dejo escapar unos gemidos que, obviamente, él no oye. Como era de esperar, mi plan funciona a la perfección. El hombre pone fin a los aspavientos y los gritos, para dar paso a la sorpresa. La misma que, imagino, deben de tener el resto de los conductores cuando lo ven perder el control, salirse del carril, invadir el arcén y dar un frenazo en seco para no acabar estampándose contra unos árboles que hay al otro lado.

—Daniela: 1 - Mamón: 0 —suelto pisando a fondo el acelerador para dejarlo atrás, sonriendo de modo triunfal.

A las siete y media en punto, ficho en la máquina que hay nada más entrar por la puerta de empleados. Saludo a algunos compañeros con los que me cruzo en los pasillos hasta que llego a maquillaje, el lugar donde cada día doy rienda suelta a mi gran pasión en los estudios de la nueva televisión valenciana.
Sobre la repisa, donde descansan los artículos de cosmética y los utensilios que usamos para maquillar, está la orden del día con el nombre de las personas a las que debo preparar. La miro tras guardar mi bolso en el armarito que hay justo debajo. No puedo evitar soltar una risita burlona cuando veo el apellido de una de ellas: Braga. Al parecer, es un político muy importante. Concretamente, y según pone en la hoja, es el mismísimo consejero o conseller de Economía Sostenible, Sectores Productivos, Comercio y Trabajo. ¡Como si yo supiese quién es, con lo poco que me interesa la política!

—Buenos días, Daniela —me saluda al entrar Germán, uno de los ayudantes de dirección.
—Buenos días. Veo que hoy tenemos a alguien importante —comento ondeando la hoja que aún sostengo en la mano.
—Así es. De eso vengo a hablarte. —Su rostro es más serio de lo habitual—. El conseller es un hombre de armas tomar. Debes llevar cuidado.
—¿Qué quieres decir?
—Es un hombre demasiado estricto al que se le ha subido el poder a la cabeza. Las malas lenguas dicen que el cargo que ocupa no es su mayor aspiración.
—Y ¿qué tiene eso que ver conmigo?
—Ha pedido que se lo maquille exclusivamente con productos de alta calidad.
—¿Acaso cree que usamos productos de los chinos? —pregunto molesta. Yo misma pedí personalmente trabajar con las mejores firmas.
—Es un capullo integral, por eso venía a advertirte. Sé que eres amable con todo el mundo, pero te pido que con él lo seas aún más. Ten paciencia. ¿De acuerdo?
—Tranquilo, haré todo lo que esté en mi mano para que don Delicado se sienta cómodo. —Entre su apellido y su especial petición, tengo claro que es gay. Aunque me cuesta creer que haya alguno tan idiota: todos los que conozco son un encanto.
—Está previsto que llegue dentro de media hora —afirma Germán mirándose el reloj de la muñeca—. Comienza con Encarna, que enseguida viene. Y gracias, Daniela.
—A ti por avisarme —contesto condescendiente justo antes de verlo desaparecer por la puerta.

Mientras espero a Encarna, la periodista y presentadora de las noticias matinales, escribo un mensaje a Vera para contarle a quién voy a conocer. Si es alguien tan importante, doy por sentado que vendrá acompañado de guardaespaldas, y sé cuánto le ponen. Mientras lo hago, observo que su última conexión fue de madrugada, justo cuando nos despedimos y nos marchamos del último local. Me sorprendo al comprobar que no se ha conectado hoy, y mucho más al ver que no me contesta, pues suele hacerlo al instante. «Ésta se ha quedado durmiendo, como si la viera», pienso mientras vuelvo a escribirle un nuevo mensaje exigiéndole que se levante con la amenaza de ir personalmente a darle un azote en el culo como no lo haga.

—Buenos días, guapa —me saluda Encarna en cuanto entra por la puerta.
—Buenos días, preciosa. Ya me ha dicho Germán quién nos visita hoy. ¿Nerviosa? —pregunto guardándome el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

Ella se acomoda en el sillón blanco de maquillaje.

—Mira, no te lo voy a negar. Un poco sí.
—Es normal, no todos los días recibimos a alguien tan importante.
—No es por su cargo, que para eso estoy más que preparada, sino por lo que sé de él. Es un tío que no se muerde la lengua, y mucho menos con su numerosa lista de intransigencias.
—Ya veo que es la joya de la corona —comento en tono irónico mientras le limpio la cara antes de empezar a maquillarla.
—Es el bulldog del partido. Sus ideas son tan retrógradas y arcaicas que he tenido que modificar la entrevista más de diez veces.
—¿Tan antiguo es?
—Demasiado para la edad que tiene. Apenas sobrepasa los cuarenta y, sin embargo, parece haber nacido en la posguerra. Procede de una familia muy severa y disciplinada, así que supongo que él ha heredado sus ideales. ¿Sabías que pidió que lo entrevistara Pedro?
—¿Por qué?
—Porque el muy capullo es un machista redomado. El motivo de su visita no es otro más que darse golpes de pecho por creerse el responsable de haber conseguido que una empresa muy importante haya elegido Valencia como lugar para abrir su única sucursal en España. ¡Como si no supiésemos de quién depende!
—Pues yo no lo sé —afirmo aplicándole la base.
—¡No me puedo creer que no lo sepas!
—No me gusta la política; no es lo mío —me defiendo.
—Debes saber de todo un poco, Daniela, si quieres estar al día de lo que ocurre a tu alrededor.
—Puede que tengas razón, pero es que es un tema que me aburre.
—Ya veo. Bueno, a lo que iba, que el muy capullo del conseller se negó a que fuese una mujer quien lo entrevistara. Creerá que los temas de negocios son sólo cosa de hombres. Germán tuvo que hacer malabares para convencerlo —continúa—. Entiendo que no a todo el mundo le guste la política —me mira para dejar claro que se refiere a mí—, pero soy una profesional y me documento mucho antes de cualquier entrevista.
—Eso no lo dudo.
—Te digo yo que ese tío es misógino. No es la primera cosa que he oído de él. Según dicen, es de los que piensan que el lugar de una mujer es la cocina, y que para darle libertad sólo hay que ampliársela.
—¡Qué imbécil!
—Mucho.
—Es raro que un gay sea tan estricto, ¿no crees?
—¿Gay? Ese hombre es la reivindicación personalizada de la heterosexualidad.
—Entonces es un capullo.
—Y no sabes cuánto. Pero no sabe con quién se ha topado.
—¿Qué tienes pensado?
—Me he preparado a conciencia la entrevista que voy a hacerle. Pienso demostrarle que las mujeres valemos para mucho más que para cocinar o llevar una casa adelante.
—¡Di que sí, dale su merecido!—la animo cuando acabo de maquillarla.
—Cuenta con ello. Gracias, Daniela. Perfecto, como siempre —comenta mirándose en el espejo rodeado de bombillas que tiene delante.
—Me alegro de que te guste.
»¡Suerte! —le deseo justo antes de verla lanzarme un beso al aire desde la puerta.

Mientras aguardo la llegada de don Misógino tras la marcha de la encantadora Encarna, aprovecho para volver a mirar el móvil. Vera sigue sin conectarse. Una de dos: o se ha dejado el teléfono en casa, cosa que dudo bastante, o sigue frita. Si es la segunda, me va a oír. Busco su número en la agenda y la llamo. Un tono, dos tonos, tres…

—¡Así va el país! ¿Se dan cuenta, señores? A esto es a lo que se dedica la juventud hoy día, un fiel reflejo del futuro que nos espera. Difícil tarea, la mía…
—Conseller, permítame que le presente a…
—¿Cree que me interesa saber su nombre? Ya sé que es la persona que me va a pringar la cara de polvos; con eso tengo más que suficiente.

Germán, que es quien lo acompaña, junto a dos enormes guardaespaldas trajeados, me mira pidiéndome paciencia al tiempo que lo invita a tomar asiento en mi sillón. La entrada del consejero me ha pillado tan de sorpresa que me guardo el móvil, al igual que los insultos que le diría y que prefiero mantener a buen recaudo en mi mente.

—Buenos días —lo saludo, no sin esfuerzo.
—Espero que, además de hablar por teléfono, sepa hacer su trabajo —replica con la mayor antipatía que he oído jamás.

«Para ser un hombre pequeño, hay que ver la cantidad de mala leche que guarda. Eso, sin contar lo feo que es, el condenado», pienso para mis adentros. Estoy por clavarle un pincel en el ojo, aunque no creo que alguien como él se merezca que me quede sin empleo.

—Está en las mejores manos —afirmo intentando aparentar seguridad. En tan sólo unos segundos ha conseguido secarme la boca, y no precisamente por enamoramiento.
—Permítame que lo dude. Aunque, antes de que me maquille un maricón, que a saber dónde mete los dedos, prefiero que lo haga una mujer. —«¡A ti te metía yo el estuche de colorete en la garganta para que dejaras de decir sandeces!»—. Supongo que, si la han cogido para trabajar en la televisión, al menos tendrá experiencia.
—Para su tranquilidad, lo informo de que llevo más de diez años dedicándome a esta profesión.
—¡A cualquier cosa la llaman profesión! No creo que pintarrajear caras pueda catalogarse como tal. Si hubiese estudiado no estaría aquí, señorita.

Alzo ligeramente la mirada para encontrarme con los ojos de Germán, que permanece atento y mudo ante la grotesca escena de la que está siendo testigo junto a los dos enormes guardaespaldas. Con un leve parpadeo, me pide que sea fuerte y que aguante todo lo que pueda. Instintivamente, me muerdo con fuerza el labio inferior.

—¿Cree que no lo he hecho? —retomo la conversación.
—¿Me va a decir que ha estudiado una carrera para hacer lo que hace? No me haga reír…

Respiro hondo. Muy hondo. Megahondo.

—Hay otras profesiones mucho peores, ¿no cree?
—Por eso mismo, el lugar que les corresponde a las mujeres es en casa, limpiando y criando a los hijos. Ése es su sitio; lo ha sido siempre y debería seguir siéndolo. Y no pasar todo el día fuera ocupando puestos que deberían ser exclusivamente para hombres. Por no hablar de la juventud y la indecencia que hay hoy día. ¡Al menos usted va tapada, y no como la mayoría de las jóvenes, que lo único que hacen es provocar a los hombres! ¡Se están perdiendo los valores y la decencia!

Germán vuelve a rogarme con la mirada que no entre en su juego.

—¿Está usted casado? —pregunto sin saber muy bien por qué lo hago.
—Por supuesto que sí. Mi esposa, a la que respeto y venero por encima de todas las cosas, está en casa, como debe ser —suelta orgulloso de sí mismo y de su egocéntrico machismo.

«Pobre mujer…, debe de ser horrible vivir con un hombre así», pienso justo antes de pedirle que cierre la boca con la excusa de poder maquillarle esa zona. Por un instante, el conseller logra acallar su infame lengua, y es entonces cuando en mi mente me recreo imaginando qué le haría. Odia tanto a las mujeres que lo castigaría pagándole con su propia moneda. Le pondría rímel, una brillante sombra de ojos y un marcado colorete. Mis divertidos pensamientos me arrancan una socarrona sonrisa, y más aún cuando caigo en la cuenta de que se apellida Braga. «¡Eso sí que debe de ser duro…, odiar a las mujeres y tener un apellido tan femenino!», cavilo mientras mis manos actúan por sí solas, sin que mi cerebro logre dirigirlas. «¡Joder, joder, joder!», suelto para mis adentros en cuanto me percato de que, de tanto imaginarlo, al final le he puesto colorete de verdad. Estoy tan nerviosa que no sé cómo solucionarlo. Los tres pares de ojos que me vigilan tampoco ayudan mucho a la labor. Me planteo quitarle el maquillaje y comenzar de nuevo, pero eso sería darle la razón y una prueba de mi devastadora derrota. Como mejor puedo, me apresuro a retirarle la mayor parte, aunque no logro hacerlo en su totalidad. Le aplico más polvos para matizar el color y, finalmente, logro disimular en gran medida mi error.

—Señor Braga, está usted listo —afirmo cuando acabo, rezando para mis adentros porque en plató lo iluminen y lo enfoquen de manera que pueda paliarse mi descuido.
—¡Ya está bien! —brama de mala gana.
—Que tenga un buen día. —«Y te atropelle un tranvía.» Esto último me lo guardo para mí.

En cuanto vuelvo a quedarme a solas, repaso una vez más la lista. Después de Tere, la chica del tiempo, debo comenzar con el equipo del magazín de media mañana. Entre las visitas, los tertulianos y los presentadores, tengo a más de doce personas a las que maquillar, y con ellos me paso el resto de la jornada hasta que llega el mediodía, momento en el que me dirijo al comedor de los estudios.
Óscar, el cámara más divertido y dicharachero de todos, me hace señales en cuanto me ve aparecer por la puerta. Está sentado junto al resto del equipo, un pequeño grupo al que me siento orgullosa de pertenecer por lo bien que nos llevamos.

—Aquí está la protagonista de la anécdota del día —me anuncia en cuanto llego hasta ellos con mi bandeja de comida en la mano.

Todos me miran y sonríen.

—¿Qué anécdota? —pregunto tomando asiento.
—La visita del conseller pasará a la historia gracias a ti.
—¿A mí?
—Todos apoyamos lo que has hecho. Ese tío no se merecía otra cosa.

«¡El colorete!» Ahora soy yo la que se pone colorada al recordar mi error.

—Puedo explicarlo —digo en un vano intento por defenderme.

Los muy sinvergüenzas han empezado a aplaudirme sin dejar de reír.

—No tienes nada que explicar —comenta Rosana, una realizadora con la que también me llevo muy bien—. Aunque debo decirte que jamás habría pensado que serías capaz de hacerlo.
—Pero lo que pasó en realidad fue…
—Que le echaste ovarios y le diste a ese tío lo que merecía. Sólo espero que los de arriba no hagan una montaña de esto y lo dejen correr.

A estas alturas ya no sé si comer o clavarme el tenedor en la mano.

—¿No le enfocaste con el foco central?
—Lo hice. Pero, al acabar la entrevista, el sinvergüenza este le hizo un zum —afirma señalando a Óscar—, y no pude resistirme a emitirlo. Apenas fue un segundo, pero pasará a los anales de la historia. Más de uno habría pagado por ver esa cara llenando toda la pantalla de la televisión.
—¡Dios mío!
—Tranquila, si no te han dicho nada, no creo ni que se hayan enterado.
—No tenéis remedio —claudico dejándome contagiar por sus risas. No es la primera vez que hacen una trastada así y nunca ha pasado a mayores.

Cuando acabamos de comer, me despido de los chicos, ficho en la máquina mi hora de salida y me dirijo al aparcamiento del personal. Mientras camino, vuelvo a mirar el móvil. Vera sigue sin dar señales de vida. Pulso el botón de rellamada. Los tonos suenan como lo hacen mis pasos hacia el coche, que tengo al fondo del parking. Pero el teléfono casi se me cae en cuanto compruebo quién está junto a él. Parece inquieto, no deja de moverse y de frotarse las manos.

—¿Qué haces aquí? —pregunto cuando ambos nos encontramos a escasos metros.

Es la primera vez que lo veo en persona; lo conocí a través de las fotos que Vera nos enseñó.

—Daniela, tienes que ayudarme.
—¿Ayudarte? —pregunto incrédula—. ¡Eso deberías haberlo pensado cuando nos vendiste, Vic!

Vic es el antiguo novio de Vera, un tipo chulo dedicado a la mala vida que no dudó en dar información a quien no debía a cambio de dinero. Ella le dio pasaporte en cuanto la Princess le contó lo que había hecho. Desde entonces, no hemos sabido nada de él, ni ganas que hemos tenido.

—¿Cómo sabes dónde trabajo? —inquiero.
—Las mujeres tenéis la fea costumbre de contárselo todo a vuestras parejas. —Por desgracia, así es, aunque no pienso darle la razón—. Siento mucho lo que hice, pero tienes que ayudarme —dice cogiéndome del brazo.
—Y ¿por qué debería hacerlo? —bramo soltándome de sus garras en un rápido gesto—. ¡Nos traicionaste, pusiste nuestras vidas en peligro y no te importó! Exactamente lo mismo que ahora me importa a mí lo que a ti te pase. ¡Déjame en paz, Vic! ¡Y no vuelvas a molestarme!

Me siento furiosa, indignada, cabreada y no sé cuántas cosas más. ¿Cómo se atreve a pedirme tal cosa? Avanzo rápida para marcharme de su lado cuanto antes. Me pongo enferma sólo de verlo. Llego hasta el coche. Pulso el botón de la llave. Pero cuando voy a abrir la puerta, Vic me lo impide haciendo fuerza con la mano. Me giro para mirarlo con toda la rabia y la inquina que siento hacia él. Es un caradura, un fresco que sería capaz de vender su alma al mismísimo diablo a cambio de dinero sin importarle las consecuencias que ello pudiera tener. Un chivato que…

—Daniela, tienes que ayudarme. Han secuestrado a Vera.






García de Saura

Autora Novela Romántica





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